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HNOS. DE NUESTRA SEÑORA DE LA MISERICORDIA 

Virgen de la Misericordia
En el espíritu de misericordia y compasión el P. Víctor Scheppers formó a sus primeros religiosos en Bélgica: la elección por una dedicación especial a los más pobres y a los presos marcó todo el programa de la formación a la vida religiosa y apostólica.


El título de Nuestra Señora de la Misericordia que él dio a la escuelita y a la nueva comunidad de Hermanos, marca maravillosamente el proyecto de misericordia que el Espíritu Santo le había inspirado y que él, junto con sus hermanos en Cristo, debía encarnar en la sociedad y en la Iglesia.
También su gran devoción a San Vicente de Paúl, apóstol de la misericordia, es muy significativa y nos da la idea del amor y la compasión que albergaba el corazón de nuestro padre Fundador. Sobre esta devoción él mismo escribe:


“Les diré, hermanos míos queridos, que fue en la festividad de este preclaro apóstol de la caridad que concebí el proyecto del nuevo Instituto y todo me lleva a creer que él no estaba del todo al margen de este querer y de esta gracia extraordinaria."


El amor misericordioso que animaba la vida y la obra de Padre Víctor, se encuentra de forma particular en las cartas que enviaba a las autoridades de la Administración Pública. Así, al Ministro de Justicia le decía:


"Tengo el honor de hacerle conocer mis proyectos en la creación de un Instituto de Hermanos dedicados al servicio de la caridad en las cárceles, en los hospitales y en los otro lugares en los que los hombres puedan necesitar ayuda". Y a los Consejeros de la ciudad escribía: "Espero que tomen nota que en el proyecto de crear el Instituto Misericordista me ha guiado únicamente un espíritu de caridad y de misericordia hacia las personas abandonadas por la sociedad."


Este espíritu, en el que surge la nueva comunidad, está muy presente el 25 de enero de 1839, cuando el cardenal Sterckx consagra la capilla y entrega a los primeros novicios los Estatutos, cuyo fin se expresa así: "confortar, instruir y asistir a los encarcelados por amor a Jesucristo. Curar a los enfermos. Educar y enseñar a los necesitados y a los demás niños, para lograr de esta manera, la propia santificación". Este día es considerado, para los Hermanos como el comienzo de la Congregación.


Todo lo que se ha dicho hasta ahora forma parte del contenido teológico y pastoral de lo que nosotros llamamos espíritu misericordista: una espiritualidad que durante más de 150 años ha sido el motor de un movimiento que ha ido más allá de la Congregación de los Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia y reúne a toda una familia de colaboradores, alumnos, padres de alumnos, amigos en general, y a cuantos, de una u otra forma, han entrado en contacto con el espíritu de Víctor Scheppers y han comenzado a trabajar al servicio de los más necesitados y carenciados, empujados por el ideal evangélico de las bienaventuranzas y de la parábola del buen samaritano.


Es cierto que las obras de los Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia han tenido, a lo largo del tiempo, distintas vicisitudes, según los acontecimientos históricos, las ideas del momento y, sobre todo, las necesidades de las comunidades a las que servían. Así en los comienzos la atención de los Hermanos estaba centrada en los presos, en las enfermerías de las cárceles, en el cuidado humano y espiritual de los encarcelados en general y de los presos menores de edad en particular. En ese ambiente la labor de los Hermanos intentaba convertir ese tiempo de falta de libertad en una transformación cultural y humana. En este aspecto la labor de los Hermanos puede considerarse pionera en transformar un penal en escuela. Cuando el Ministro de Justicia ofreció al canónigo Scheppers poder llevar a los Hermanos a la cárcel de menores de Saint Hubert, una de las condiciones puestas por el fundador para aceptar la dirección fue, precisamente, el poder trabajar de forma libre en la educación de aquellos jóvenes delincuentes.


Hoy existen muchos "cepos" que atrapan a los jóvenes y limitan su libertad: la droga, el alcohol, la pereza, la moda, la ignorancia: aquí, también es necesaria la acción de personas "misericordistas" que con su servicio les ayuden a liberarse y a salvarse. En todos estos cambios se puede encontrar como un hilo conductor o como un denominador común, que podríamos llamar carisma misericordista, que no se identifica ni se agota en una tarea concreta y específica, sino que es una manera peculiar de pensar, vivir, actuar y servir. Es una forma de ser testigos de Cristo y de manifestar a los hombres el amor en ese aspecto característico de la misericordia.


Toda vocación es una llamada a vivir de una forma especial y peculiar esa fe que recibimos en el Bautismo; toda vida cristiana tiene su origen, tanto temporal como teológica en el sacramento primero de la iniciación cristiana: por él nos sumergimos en Cristo y nos transformamos por la fuerza del Espíritu Santo, adquiriendo una vida nueva.


La vocación de Hermano Misericordista consiste en transformarse en testimonio de la actuación de Dios, que es Padre rico en misericordia y perdón, del Hijo que ha venido para proclamar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los presos y para salvar a los pecadores, revelándonos de esta manera al Padre. Por último, el Hermano es testigo de la acción del Espíritu Santo que con su fuerza mantiene vivo el mensaje de misericordia de generación en generación. El Espíritu Santo conduce a su Iglesia para que sea servidora y evangelizadora en medio de los hombres y para que opte, de una manera siempre más clara, por los pobres y los necesitados. Es así como el Hermano se hace instrumento y signo de la actuación de un Dios bondadoso.

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